Héctor Suárez, La voluntad de hacer reír, por Carlos Monsiváis: Los retratos del humor social

03/06/2020 - 11:00

Redacción MX Político.- El programa televisivo ¿Qué nos pasa?, de Héctor Suárez, “es una andanada histérica contra la impunidad. Y allí radica su fuerza y su debilidad más concentrada”. Con esas palabras, el cronista Carlos Monsiváis –que el próximo 19 de junio cumplirá 10 años de haber fallecido– sintetizó las virtudes y limitaciones del comediante que murió este martes. Apro reproduce el texto.

Intersección de la vida real.

1.- El niño termina de rayar, con minucia exasperada, el ostentoso automóvil. De un edificio sale corriendo el dueño, que aferra por los hombros al pequeño vándalo, mientras lo interroga:

–¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué rayaste mi auto?

Sin inmutarse demasiado, atónito ante su propia indiferencia, el niño se limita a contestar:

Nomás… Nomás.

–¿Cómo que “nomás”? ¡Contéstame hijo de la chingada! ¿Qué ganas con esto? ¿Por qué lo rayaste?

–Nomás… Nomás.

La voluntad de hacer reír.- En su historia de triunfos, la televisión mexicana no había conocido uno semejante al obtenido durante sus tres primeros meses por la serie ¿Qué nos pasa? coordinada y múltiplemente actuada por Héctor Suárez. De inmediato, ¿Qué nos pasa? formó un público fiel, deleitado ante las situaciones que ya conocía y los personajes que padecía o creía padecer a diario o deseaba encarar. Como suele suceder, el contagio fue avasallador, los estribillos de ¿Qué nos pasa? se oyeron por doquier el día entero, y los estereotipos muy probablemente persistirán cuando la moda aminore o se desvanezca. Por lo pronto todavía se vive el boom industrial de ¿Qué nos pasa? la película se filmará pronto, ya hay video caséts con muestras antológicas de los programas, y pese a los pleitos legales abundan camisetas y objetos.

El formato de la serie es simple y es novedoso: cuatro o cinco sketches por semana con personajes que se establecen o desaparecen según la respuesta del público, un invitado especial conversa con Suárez y actúa en uno o dos sketches, y una selección de aquellos hechos cotidianos ordenados por la prepotencia y la indiferencia ante los derechos ajenos: el tortuguismo de los cajeros de los bancos o de los empleados de líneas aéreas, las insolencias en el Metro o los autobuses, los abusos de los “influyentes”, la desconsideración de los vecinos, los fraudes menores, el saqueo de los burócratas, el punto de unión de este desfile urbano es la calidad proteica de Suárez, que anima una galería de personajes, fundamental aunque no exclusivamente populares. Así, Suárez es el Destroyer cuyo mayor placer (por fatalidad onomástica) es la destrucción; es el Picudo, aferrado a su Ohio-T-Shirt, el galanazo en el vacío, el desmadre lumpen al servicio de un rencor social abstracto; es el No Hay, cuyo mayor regocijo es negar la existencia de mercancías o servicios; es el Flannagan, el jipiteca trasnochado, el punk amante de las hamburguesas, obsesionado por una contracultura inexistente, de espaldas a la tradición y al país.

La esencia de ¿Qué nos pasa? es la pedagogía, implícita o explícita. Según Suárez, y sus libretistas Carlos Enrique Taboada, Ausencio Cruz, Héctor Dupuy y Alejandro Licona, es hora de confrontar nuestros errores, de liquidar los vicios socialmente onerosos, comunes a la alta burguesía y a los marginales. Hay que reeducarnos, es el estribillo de la serie, y los invitados le agradecen a Suárez la oportunidad de intervenir en la empresa que, para remediarlos, sitúa con amenidad los defectos colectivos. La pretensión no es gratuita: si la TV, como se dice tanto, es la gran educadora del pueblo, vale la pena verificar si al abrigo de algunas ventajas –un programa en el Canal 2, en horario Triple A, con todo el apoyo de Televisa– resulta eficaz una serie obviamente didáctica.

Intromisión de la realidad II.- El cantante afina su voz. Es un concierto más de los muchos que da en la República rehabilitando viejas y amadísimas canciones, la flor de una sensibilidad que él, y muchos con él, se niegan a considerar muerta. Ya elevó a su voz y su melancolía con Juráme, ya desgranó los pétalos de Asómate a la ventana, y ahora se dispone al encumbramiento vocal de Estrellita, del maestro Manuel M. Ponce… Y de súbito, lo esperado, lo que desde hace dos meses ocurre sin remedio, la consigna como pedrada, el signo de la quiebra generacional: “¡Queremos rroock!”. Protestan los asistentes contra el bárbaro, y el tenor agradece la defensa, pero siente que se lo lleva la nostalgia por el rumbo de la Chingada. Ante tan brutal intromisión de la nueva barbarie, está de más su educada sensibilidad de alboradas y atardeceres. ¿Qué logran las sensaciones frágiles y temblorosas que él evoca, si el energúmeno aúlla no por querer de veras rock, sino por oponer la expresión sardónica a una formación y a un gusto que, me van a perdonar la expresión, le vale madre? El cantante está a tal punto dolido que su imaginación vengativa se complace una y otra vez con la misma escena: él asiste a misa, y cuando el sacerdote ofrece el cáliz, y los asistentes ingresan al trance místico, lanza el grito punitivo: “¡Queremos rroock!”.

De los trámites del humor televisivo.- Se supo desde la primera semana de transmisión en México: en televisión, el humor se consideraba territorio propio de la niñez, o de los adultos resignados a ser tratados como niños. A los cómicos que venían de los albures de la carpa se les expulsó o se les domesticó inhibiendo su lenguaje corporal, podándoles frases y entonaciones. A los nuevos, se les sujetó al molde de la puerilidad (y de esto sólo escapó el Loco Valdés por vía del frenesí. Al ser pueril al límite, el Loco consiguió otra cosa, el humor que emana de los paroxismos de la sangronería, sensacional porque se reconoce malísimo). Entre pastelazos, tics eternizados, parodias de los superhéroes del comic (ya parodias en sí mismos), y comicidad que lo fue porque así se le anunciaba, transcurrieron las primeras tres décadas de la televisión mexicana. A cada cómico le esperaban un auge, un declive inexorable y una desaparición silenciosa, y la gente seguía divirtiéndose ante la tele porque ni modo de ponerse a llorar, y viéndolo bien, también en el trabajo me río de cualquier cosa.

En esta larga etapa el humor no radicó en los diálogos ni en las anécdotas (eran y son deplorables las sit-coms, las comedias de situaciones hogareñas y “laborales” que imitan, empeorándolas, a las series de Norteamérica), sino en la gracia autónoma de los cómicos, la que tuviese. Sin guiones ni chistes con menos de 50 años de circulación a los cómicos les quedaba su simpatía, y –de no existir tan infrecuente materia prima– la reiteración de procedimientos: ya se sabe, tras diez o veinte años de permanecer en horarios adecuados, a cualquiera que le digan cómico se le descubrirá el ingenio.

La censura eliminó el humor político y prohibió todo humor sexual ajeno a las alusiones descaradamente blancas. Y la censura y el culto a lo pueril erradicaron el humor social, aquel que representa el nivel de conocimiento regocijado de las posibilidades y frenos de una sociedad, lo que incluye estereotipos, situaciones de la calle y la oficina, adaptaciones válidas y fallidas a la modernidad. Del humor social se desconfió (“Es conflictivo”), y los propios cómicos prefirieron los sketches ancestrales semirremozados, o los sarcasmos políticos de tercer orden, a los que sacrificaron pragmáticamente sus caracterizaciones del hombre común (magníficas en ocasiones: el caso de Héctor Lechuga). Una generación de cómicos sumamente hábiles en la captación de tipos sociales, casi no tuvo oportunidad de ejercer sus talentos, y de hecho, durante 30 años la realidad mexicana no ha sido satirizada en los medios masivos. En vez de esto, alegorías burlonas de las “fantasías colectivas” (El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado), desperdicio de dotes naturales o imitaciones patéticas del chiste rápido y memoralizable (one-liner) de la televisión norteamericana.

La crisis económica destroza el nudo ciego de este humor-para-niños-de-8-a-80-años, y libera en forma creciente opiniones y actitudes. No hablo sólo de la conveniencia de permitir respiraderos y válvulas de escape, sino de resonancias más profundas. Sin la cortina de humo del populismo dadivoso, la mayoría de los respetos arraigados exhiben su tontería e inutilidad. Ante el fracaso del autoritarismo, se acrecienta la importancia de la libertad de expresión, o de algo que se le parezca.

La principal: al abolir la crisis en forma veloz y casi totalizadora la gran oferta de la “economía mixta”: la movilidad social, se resquebraja el “sentido del respeto” que era el tributo de la hipocresía y el optimismo inducido al ascenso y la estabilidad. Si los trabajadores se alejan o parecen alejarse de la participación política por miedo a perder la certidumbre mayor (el empleo), en las clases medias y en las clases populares muchos otros temores se debilitan (al ridículo, al qué dirán, a la Sacralidad de los Grandes Prestigios, a la Decencia Totémica). Se fractura la gran censura interna de la sociedad, es decir, se ve y se vive de otro modo la tradición, porque ya se va desvaneciendo la idea del porvenir interiorizada durante medio siglo.

No se me esponje, mi buen.- En ¿Qué nos pasa?, lo eficaz no es el ingenio verbal ni la complejidad de las situaciones, sino la calidad de los retratos del humor social: los cajeros displicentes, los subempleados transas, los mecánicos indolentes, las burguesas arrogantes, los proletarios que le confían su lenguaje social al desmadre. Y son arrasadoras las consecuencias de esta galería en una sociedad que se desconoce a sí misma, o que se aferra a su retrato hablado (cantado) (actuado) de hace 40 años, cuando el último inventario de modelos satíricos. Ya no hay peladitos, ni “gatitas” con moños solferinos, ni pachucos, ni porfirianos levemente concupiscentes, sino las variedades, casi siempre agresivas, de la masificación.

El texto humorístico de Héctor Suárez radica en la distorsión fiel de sus personajes (y en el humor, distorsión fiel es representación exacta). Por supuesto, no todos los pobres destruyen por gusto, ni son tristemente ligadores, ni pintan suásticas porque sí, ni se gozan en la frustración de los posibles compradores, pero mientras haya quiénes sí respondan a esas características, los espectadores lo celebrarán. Creo demostrable que la mayoría de los millones de adictos a ¿Qué nos pasa?, populares a la fuerza, no sienten que la serie los difama porque están seguros de que esos personajes existen, o no se identifican con ellos o se identifican en demasía.

Repito una objeción muy frecuente: ¿Qué nos pasa? suele depositar los males urbanos y nacionales en la gente del pueblo, no en la (ciertamente más deplorable) burguesía. En la objeción hay mucho de cierto, pero antes de ampliar la crítica, conviene recordar la tradición humorística de México, que ha situado a los burgueses en la lejanía del arquetipo degradado, y que, de fines del siglo XIX a nuestros días, ha usado el humor para reconciliar al pópolo con lo que vive. Así, en el teatro frívolo y en las primeras películas sonoras, los parias, los payos, los pícaros de arrabal, hicieron reír por emblematizar, así fuese de modo difamatorio, seres y circunstancias que por tan conocidos eran doblemente divertidos (En cualquier sociedad, lo más gracioso es lo más cercano). Por eso suele fallar el humor social centrado en la burguesía, no sólo por razones de censura ni porque la oligarquía carezca de zonas choteables (toda ella es una zona choteable) sino por la distancia inevitable de este mundo con la experiencia de la mayoría de los espectadores.

 

jvg