Surrealismo en tiempo de pandemia / En opinión de Mauro González Luna

29/03/2020 - 05:00

Redacción MXPolítico.- André Breton dijo a finales de los años 30 del siglo pasado algo así: entender a México desde la razón no es posible, habrá más suerte si tratamos de entenderlo desde lo absurdo por su extremo surrealismo. La idea es clara como el agua de un manantial intocado, y no ha lugar a interpretaciones benignas de la misma.


Parecía que estábamos remontando lo absurdo como regla sobre todo en política e ideología. La sinrazón, lo disparatado, lo sin sentido, lo incongruente cabalgan de nuevo sin freno en muchos campos de la vida. Vuelven enfurecidos esos males siguiendo el eco del eterno retorno nietzscheano. Y conste que por ningún motivo estamos condenados al absurdo como alguien dijo. Sobreviene cuando languidecen libertad y razonabilidad, cuando la persona humana se degrada al extremo de sentirse inferior a canes, moscas o chimpancés, cuando lo natural del orden vital es suplantado por el deseo caprichoso de una ideología delirante que denigra biología, razón, humanismo elemental y sentido común.Procedo a describir ejemplos vivos de ello. Lo hago fraternalmente, con fines terapéuticos para todos nosotros.

Se están poniendo trabas burocráticas a los laboratorios privados para realizar pruebas que detecten el virus, según información pública. No todos los de índole pública por otro lado, tienen los medios necesarios para ello. No se puede medir con seriedad el tamaño del problema si no hay pruebas de personas contagiadas. Tal situación es desconcertante y no puede continuar así.

Se levanta una hoguera en la Cámara de diputados para quemar viva a exfuncionaria, ya en desgracia política y privada de libertad y derechos. Hoguera absurda esa cuando el país arde por el coronavirus y sus estragos en salud, economía. Estragos actuales y por venir inmisericordes. O si se quiere matizar, guillotina de “verdugos improvisados”. “Verdugos improvisados”, frase brillante de Muñoz Ledo que describe a la perfección la conducta fuera de lugar de esos legisladores. Se espera de ellos una actitud sobria a la altura de las circunstancias aciagas. Ojalá que recapaciten por el bien del país. “Si la política no tiene un mínimo de generosidad, se convierte en empresa destructora del orden social, de la persona humana” dijo un sabio, y más en este tiempo de previsible catástrofe.

Se minimiza y subestima, por parte de un diputado, la muerte de miles de personas a causa del virus y el contagio de cientos de miles de seres humanos en más de 160 países del mundo. Se dice que ello no significa “absolutamente nada”, dado que somos miles de millones en la tierra. Reduce la gravedad de la muerte a fría estadística como si la vida humana fuera mercancía descartable, como si cada persona no fuera irrepetible, única en el universo.  Denigra él la inviolable dignidad humana de cada uno. Olvida que las víctimas mueren solas lejos de sus seres queridos que sufren a forzada distancia, el duelo de sus muertos. Esa aseveración disparatada raya en lo infame y clama al cielo.


Se aprueba en la Cámara Baja la reelección de diputados, sin dejar el cargo quienes la votaron como ya lo comentaba en anterior artículo. Revela ello un ensimismamiento patológico, un estar aislados de una realidad convulsa como la que vive el país. Algo pos-surrealista. Breton se quedaría corto; Aristófanes sería muy acertado en su juicio demoledor.  ¿Representantes del pueblo ellos? No, apoderados de sí mismos y mismas. Esperamos que el Senado eche atrás tal desmesura y los diputados que la votaron, rectifiquen.

Otro ejemplo: la fuerza moral de los personajes como el mejor antídoto contra el virus demoníaco. La adulación del técnico como forma de sobrevivencia burocrática que no de salud personal y pública. La moral y la medicina y la ciencia tienen sus campos propios, específicos. No se vale confundirlos porque se trastocan, se frustran sus funciones.

Los “detentes” milagrosos entendidos como remedios de las pandemias. Resulta necesario desterrar el habitual uso político del justo sentido religioso de las estampas sagradas. Cada cosa en su lugar aún en el caso de las buenas intenciones que pavimentan desmesuras.

Y como una expresión nítida del absurdo: una consideración de conocido intelectual que trasciende la adulación. Consiste en atribuir título de científico a quienes no lo ostentan, ni en teoría ni en la práctica. Vaya, vaya, hasta dónde hemos llegado Sancho. A cada quien lo suyo, es lo justo, lo racional.

Otro ejemplo más. Se ufanan otros de que el trumpismo no cerró las fronteras. Pero es que sí se cerraron para visitantes y migrantes. Pero no solamente se cerraron, sino que se abrieron para expulsar del país vecino del norte, por motivos del coronavirus, a solicitantes de estancia migratoria en Estados Unidos, mexicanos y centroamericanos, para luego cerrarlas de inmediato herméticamente. Y nosotros aceptándolo sin chistar, en medio de una crisis humanitaria sin precedentes en las estancias de refugiados. Éstas saturadas de niños, mujeres, enfermos hacinados, sin medios materiales decorosos, a la luz de un humanismo mínimo.  ¿Estamos preparados para así enfrentar la pandemia sin contagios masivos?

Se dice que estamos preparados con miles de millones para enfrentar la pandemia. Pero en las afueras de hospitales públicos protestan enfermeras, médicos por falta de material básico para hacerle frente. ¿Estamos preparados cuando hay un sinnúmero de asentamientos precarios en la capital de la república, surgidos con motivo del sismo de 2017 como lo menciona JI Mota del periódico El País? ¿Estamos preparados cuando hay millones de mexicanos que carecen de agua en las habitaciones donde sobreviven apretujados?

Todo ello conduce a decir que la política mexicana está deviniendo como regla, en novela surrealista con tintes de picaresca, de tragicomedia como lo dicho por el gobernador de puebla ayer.


La picaresca como género costumbrista de la novela, ha sido lo opuesto a la caballerosidad esforzada. Virtud humana ésta que se funda en la persona entendida por el genio de Boecio como sustancia individual de naturaleza racional, entendida a la luz del fermento evangélico. En los campos de la picaresca no se tienen escrúpulos; es ella habilidosa, aventurera, reñidora como la reseñada por el Arcipreste de Hita. La cualidad de la segunda -la caballerosidad- es el valor inteligente, la de la primera, la astucia, la maña vaporosa. Hay que cambiar a una política, a una historia épica como aquella del Cid. Es tiempo de grandeza sobrehumana.

Están aún a tiempo gobernantes en el poder, mayoría y minoría. Pero la hora es apremiante y los está rebasando a una velocidad de pasmo. El momento exige no planes convencionales, tímidos, no, demanda una audaz, generosa y brillante  estrategia multidisciplinaria de gran calado, en salud, economía, educación y cultura; una especie mexicana de  plan Marshall que salve a la embarcación patria toda -sin distingos ideológicos- de la devastadora crisis que se viene encima. Un plan de urgente resolución que hermane a todos los mexicanos en empresa común y salvadora. En suma, un plan Patrio de salvación nacional fraguado por las mentes más lúcidas, más capacitadas en los diferentes campos. Ello requiere humildad, liderazgo, responsabilidad, entusiasmo colectivo, organización, imaginación, inteligencia y voluntad.

Hay sectores del México hondo, de la Suave Patria cantada por poetas, de la comunidad, incluso del medio político como el representado solitariamente por Muñoz Ledo, que parten de la razón, del sentido común, de la coherencia, de la realidad, de la sensatez, de la humildad, para entender lo que sucede: una tragedia humana de dimensiones colosales que azota al mundo y que exige unidad mínima de todos para superarla con esfuerzos sobrehumanos y comunitarios. Y eso es esperanzador. “A Dios rogando y con el mazo dando”, como recomendaron Cervantes y Espronceda en sus tiempos.

Dedico este texto a Eloísa Mendoza Fernández, mi madre.  Murió ayer 26 de marzo en la ciudad de Guadalajara a los 96 años. Mujer maravillosa, de temple, enamorada de su patria dolorida. Me enseñó a sonreír y a no rendirme nunca ante la adversidad. Descanse en paz.

Autor:  Mauro González Luna


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