El mal y la muerte de George Floyd / En opinión de Mauro González Luna

31/05/2020 - 05:00

Redacción MXPolítico.-En Brave New World, Huxley reseña la nueva consigna, ya muertos amor, libertad, familia, arte, filosofía. La nueva consigna: “hoy en día todo el mundo es feliz”, en contraste con la alegría antigua, genuina de Spinoza: estado vital intenso, sentimiento de plenitud que penetra todo esfuerzo nuestro para comprender al otro e identificarnos con él.


Ser feliz hoy es pasar un buen rato, sentir placer, divertirse, sin necesidad alguna de comprensión del prójimo, y con inusitada frecuencia, a costa del otro. Otro, el o lo radicalmente ajeno.

El lunes, se difundió por el mundo una imagen aterradora. Imagen del mal, de la perversidad humana, jactanciosa, que se solaza en el dolor de un rostro oscuro. Rostro que muerde el polvo y suciedad de una calle de ciudad estadounidense. Un rostro humillado que no respira y cuya boca casi muda, pide un poco de agua y socorro.

En Minneapolis, hace apenas unos días, un polizonte de tez siniestra y pálida, aprieta, oprime contra el suelo, con su rodilla, el cuello inerme de un hombre negro acusado según eso de supuesto fraude -en contraste con los impunes crímenes de lesa humanidad de gobiernos de ese país a lo largo de su historia-. El nombre de la infortunada víctima, George Floyd, yace esposado y enfermo en trance de muerte.

Y esa rodilla mantiene así el cuello infeliz ¡durante siete minutos! Largos siete minutos delante de transeúntes indignados que increpan al polizonte de mano cobarde, enguantada con odio placentero como lo muestra la imagen. Y al poco rato, muere rumbo a un hospital, George Floyd, afroamericano de 47 años. Descanse en paz. Y no descanse la indignación y la sed de justicia.

Que los cantos proféticos y justicieros del Viejo Testamento, los magnalia Dei, vuelvan a resonar en tal país: ¡aún en la ira acuérdate de tener compasión!


Que las voces de James Baldwin y Martin Luther King, vuelvan a cimbrar conciencias, a allanar montañas, a liberar al blanco de ese país y de los otros que padecen la misma enajenación y maldad. A liberarlos como dice Thomas Merton, del racismo, xenofobia, odio placentero, de su “mundo feliz”.

Esa imagen recurrente, refleja la patología del poder, su esquizofrenia ahora potenciada por el trumpismo. Falso eso del enajenante monopolio legítimo de la violencia por parte del poder. Nunca es legítima la violencia desde la perspectiva de una sana y católica filosofía política. El derecho legitima al poder por medio de la palabra persuasiva, de la justicia y el Bien Común. De esa manera, se erradica la mera técnica de dominación del hombre por el hombre. El Derecho hace ingresar al poder en el ámbito de los valores del espíritu, nos dice Ayala sabiamente.

La tendencia del Estado a la dominación está “profundamente arraigada en el interior del hombre y hace falta un gigantesco esfuerzo del espíritu para extirparla en su raíz”, según Isócrates, interpretado por Jaeger. Y esa tendencia conduce al desenfreno tiránico, a la insolencia. A esa del polizón de Minneapolis, reflejo fiel de la decadencia de los Estados Unidos, patentizada por la pandemia.

Allí donde dominan demagogia y masa, donde domina sin contrapeso el Estado como sol en torno al cual giran los súbditos, sobreviene la ruina de libertad, cultura, arte y filosofía, afecto cívico, a los que debería servir. Y así se envilecen todas las formas del poder y los individuos mismos, según el pensamiento isocrático. El antídoto, la democracia de verdad. Para la cual el poder está al servicio de la persona y la nación, de la justicia y libertad.

Es una lección para todos los países, incluyendo el nuestro. El Estado no es un todo que oprime cuellos, que desdeña vidas, que manipula cifras, que monopoliza todo, incluso la palabra. Es una parte del cuerpo político, y no la principal. La principal es el pueblo que no es masa, el ciudadano, la ciudadana de carne y hueso, con nombre y apellido como George Floyd, con derechos, dignidad y esperanza, con historia y familia.

Dedico este artículo con profundo respeto a los familiares y amigos de George Floyd, con la esperanza que el Dies irae haga pronta justicia.

Autor: Mauro González Luna 
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