Gran debate sobre cubrebocas / En opinión de Mauro González Luna

02/08/2020 - 05:00

Redacción MXPolítico.- En tanto el tsunami del coronavirus arrasa con casi medio centenar de miles de vidas en México, los grandes debates oficiales giran en torno a profundas cuestiones que ameritan amplísimos conocimientos de ciencia, histrionismo, arte, filosofía, historia, esoterismo, astrología, dramaturgia, entre muchos más. Una de ellas es la de si el cubrebocas sirve o no como medida de protección sanitaria. Problema ese de complejísima naturaleza, según eso.


Parte de ese debate es el saber a ciencia cierta, si los grandes empresarios muy amigos del régimen, al entrar a Palacio Nacional, por cortesía mínima y al margen obviamente de la salud, deben quitarse el cubrebocas que unos instantes antes de acceder a tal recinto purificante, son parte de su elegante indumentaria.

Debate ese que apasiona a tantos a falta de futbol, y que produce una gama de extenuantes argumentos contradictorios que pueden, incluso, conducir a las ocurrencias curativas de Sganarelle, “el médico a fuerzas” del insolente Molière; médico ese -muy conocedor de latines y de Aristóteles- que recEomendó como cura de la mudez de una joven: amor y pan mojado en vino para soltar la lengua de tan infortunada moza.

Otro tema de relevancia suprema es el del avión presidencial, cuyo tamaño y costo es motivo de estupor y harta deliberación, pero que frente a las pérdidas de Pemex en el semestre que acaba de pasar, es cosa de niños. Y estas últimas pérdidas pasan a segundo término, y solamente son comentadas con honda preocupación por periodistas a quienes se tilda despectivamente de “conservadores”.

Y frente a tal debate distractor sobre cubrebocas, aviones y espectáculos populares vengadores del pasado, se reduce a fría estadística la tragedia humana de 45 mil personas, víctimas del coronavirus, de la ineptitud e irresponsable y errática “nueva normalidad” en picos sobrecogedores. Tragedia humana multiplicada por 2.7 dado el subregistro reconocido.


No se habla en las altas esferas, del tristísimo deceso de la niña Ana Lucía Rupprecht de dos años a causa como señala su padre, de falta de medicamentos idóneos y en buen estado para enfrentar el cáncer; ni sobre la desaparición en Chiapas del niño Dylan Esaú, de apenas dos años y medio, ni del dolor de su madre desesperada que hizo plantón, infructuoso, frente a Palacio Nacional implorando apoyo, simpatía, compasión. Ni de las desgracias provocadas por Hanna, ni de las asignaciones directas de contratos públicos -nueve de cada diez-, a contrapelo de Constitución y salud económica del país.

Tampoco es parte del gran debate oficial, el ocupar México el deshonroso cuarto lugar en el mundo por fallecimientos a manos del virus, y el sexto en contagios; ni las decenas de miles de muertes, secuestros, desapariciones por la violencia que azota al país; ni la pérdida de millones de empleos por no tenerse una política integral de sensatez económica en apoyo de la inmensa mayoría de empresas y trabajadores.

La política económica que prevalece es de un purismo neoliberal de antología: que el mercado decida qué empresa y qué empleos, sobrevivan en medio del naufragio, de la emergencia inédita; en otras palabras, rásquese cada uno con sus propias uñas: trabajadores formales e informales, mujeres y hombres, empresas micro, pequeñas, medianas, grandes.

Y así, el Bien Común que debe gestionar un gobierno responsable, es arrinconado en una covacha. El triunfo señero de la 4T y del neoliberalismo se resume, en el marco de la pandemia y sus estragos, en la famosa consigna anti solidaria: “laissez faire, laissez passer”, el dejen hacer, dejen pasar del capitalismo fanático.

Pobre izquierda en bancarrota doctrinal en materia económica, que se ve forzada a disimular a diario y a resignarse con retórica, con algo de economía mixta y dos monopolios estatales revividos. Y, por otro lado, feliz con: militarización de seguridad pública; prisión preventiva oficiosa, vulnerando la presunción de inocencia, pilar fundamental de un régimen justo y democrático; abortos de seres humanos inocentes e ideologías y mitos de género patrocinados por el Nuevo Orden Mundial, ONU y FMI para controlar el orbe todo, envilecer mente y corazón humanos, y entretener a ilusos.

El siguiente paso será seguramente, preguntarse y cavilar por semanas o meses, a la luz de la física moderna, acerca de si los cubrebocas de color blanco o negro o morado, son los más aptos, en caso de que se determine, en definitiva, que tales cubrebocas sí sirven, y que su uso resulta ser obligatorio para el bien común de la nación y sus pobladores, junto con otras medidas preventivas. Tal vez cuando se llegue a la cifra oficial de 100 mil muertes, se deje de debatir sobre ello. ¿Hasta entonces?


“Esperábamos la paz, pero no hay bienestar, el tiempo de que nos sanes, pero solo hay espanto”, sentenció un día, Jeremías, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento; sentencia esa de vigencia frecuente.

Largas disquisiciones acerca del cubrebocas quitan el sueño a pensadores y médicos del país. En el resto del mundo, salvo en Estados Unidos y Brasil, dan por sentado que sí sirven los cubrebocas por sentido común elemental, sin necesidad alguna de ahondar en las entrañas de asunto en México supuestamente tan espinoso. Y en dicho resto mundial, se utiliza la energía intelectual para combatir el drama humano sanitario y económico, con eficacia, sabiduría, clara y firme estrategia como en Alemania, Australia, Japón, Israel, Corea del Sur y tantos otros países sensatos.

Finalmente, se ha sugerido que para complementar el debate sobre cubrebocas, se someta a una discusión pública seria y de fondo, el tema de si las cachuchas y sombreros en general, son medios aptos para evitar sol y polvo en las cabezas de los mexicanos; y también el de saber si los pañuelos de papel de china resultan idóneos para captar con eficacia secreciones nasales.

¿Hasta cuándo tolerará el pueblo, en medio de la tragedia, tanta frivolidad, zalamería e irresponsabilidad oficial y social de muchos?

Hasta que se derribe la falsa confianza y los muchos Méxicos, la mayoría caducos, desde dentro se hagan uno sólo, consciente, profundo, solidario, fiel a sí mismo; entonces surgirá una nueva perspectiva para la joven generación y resonarán palabras semejantes a las de Jeremías, el profeta de Anatot: “tu futuro está lleno de esperanza”. 

Dedico este texto a la memoria insigne de Jeremías, el gran profeta del dolor y la esperanza. Y también a los príncipes del sarcasmo, Aristófanes, Menandro, Plauto, Quevedo, Molière.

Autor: Mauro González Luna 


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